Rojos al por mayor

Rojos al por mayor

Juan Moreira es un gaucho hecho de palabras. No hay más remedio, es un producto del folletín. Y el folletín trabaja todos los detalles: las versiones minuciosas de una biografía que incluye humillaciones y traiciones, cambiantes adhesiones políticas, momentos de pasaje en que Moreira se convierte “en justicia”. El folletín sigue meticulosamente el proceso que transforma al gaucho malo en un bello sargento y no se detiene ni ante lo que denomina la segunda naturaleza del gaucho: la descubre vengativa, luctuosa, alcohólica y la exhibe sin tapujos. Moreira existe a fuerza de palabras.
Antonio Gil es un gaucho casi sin historia o, más bien, habría que decir que su historia es parca, le huye al relato, se hace difusa. Cabecilla de una banda de alzados en los montes del Paiubre, asalta caminos, cuatrerea en las estancias, reparte entre los pobres lo que roba a los ricos. Su vida, como vemos, se construye con todos los lugares comunes de las historias de bandidos del siglo XIX. Casi no le pertenece, porque puede aplicarse a otros y quizás en eso resida su eficacia. No hay mucho más, sólo retazos: su bandería federal, el nombre de una mujer que deja cada noche un caballo fresco por si el gaucho lo necesita, aunque nunca lo haya visto. No hay fotos, no hay memoria de su cuerpo, salvo una excepción: su mirada que, como la de Moreira y la de Facundo, hipnotiza, paraliza a sus enemigos.

Pura mirada, pura leyenda, puro milagro, Antonio Gil no es tanto por lo que hizo en vida como por lo que hizo después de muerto Para sus seguidores, lo que importa, lo que se relata, es la cadena de milagros que se inicia muchos años después de su muerte. Lo que importa es su tumba, el lugar de su muerte. El comienzo de un ciclo: la repetición de la narración del milagro; la reiteración en otros tiempos y en otras voces dan sentido a su muerte. Antonio Gil es un gaucho milagrero.

La promesa o la manda obliga a llevarle lo que se prometió. Pero también instala un intercambio azaroso: cualquiera puede servirse de las ofrendas, usar el dinero o los objetos que otros han dejado, siempre que los devuelva alguna vez.

Tributos. Santuario Gauchito Gil

Entre las cosas entregadas relucen los machetes, cuchillos y revólveres puestos a resguardo prolijamente en cuadros con vidrio, colgados a gran altura, fuera del alcance de la mano. Hay que disuadir al creyente; hay que suspender en este caso especial la vigencia de la tradición. La tradición dice que uno puede servirse de lo que otros dejan —dinero, ropa, comida— y las armas no deberían estar exceptuadas del servicio. Debería ser lícito que las armas de los gauchos circularan, aligeradas por ese tiempo de permanencia en la Cruz Gil, adecentadas por la exhibición, pero armas al fin. Entonces, el lugar del Gaucho sería la sede de un tráfico de armas legalizado por la fe, un tráfico modesto, pero ágil, que podría llevar una lámina acerada con puñal de hueso del Paiubre hasta las tierras de Río Grande do Sul o hasta o la Patagonia, para que volviera, después de haber actuado, a calentarse en la tierra de Mercedes.

LA VIOLENCIA DEL AZAR – Fondo de Cultura Económica, 2003 (Fragmento).


En el río

En el río: una imagen de la vida universitaria en los 60

No había puentes. A mediados de los 60 la ciudad de Corrientes era la capital de una isla con nombre de provincia. Para salir era necesario cruzar el río y eso era lo que hacíamos los estudiantes que optábamos por carreras de “la otra orilla”: la Universidad del Nordeste, fundada en 1956, instaló en dos ciudades separadas por el agua, las sedes de sus principales facultades. De modo que algunos no teníamos más opción que amontonarnos en vaporcitos, barquitos con olor a madera húmeda, que desafiaban tormentas o crecidas para depositarnos, sanos y salvos, del otro lado, donde pasaríamos el día en aulas, bares o pasillos. Por la noche regresaríamos exhaustos y casi felices porque nuestra aventura incluía ese azaroso tramo fluvial: “alcanzar el último vaporcito” era imprescindible porque perderlo significaba exactamente no poder volver.

Yo vivía en Corrientes y estudiaba en la Facultad de Humanidades de Resistencia. Los que emprendíamos el viaje a esa ciudad nos perdíamos una parte de la actividad extra universitaria que se daba en la nuestra en el cruce de las calles Córdoba y 9 de Julio, la esquina más politizada de los 60. Pero disfrutábamos de esa comunidad efímera y flotante que se desarrollaba en los vaporcitos, entre el humo de nuestros cigarrillos y las partidas de truco interminables. Allí, sobre el río, se tejían amistades, acuerdos políticos y romances. Ese estar en el río nos volvía diferentes de la vida en los dos puntos entre los que la nuestra de estudiante transcurría.

Corrientes mostró en esos años una cara nueva: la llegada de miles de estudiantes de otros pueblos o ciudades exigía espacios urbanos diferentes: pensiones de estudiantes se improvisaban en casas de familias o en habitaciones que se levantaban ad hoc en terrenos desocupados. (Las de las chicas suscitaban la envidia de las estudiantes “nativas”: hubiéramos pagado por abandonar nuestras casas e instalarnos un cuarto oscuro de pensión: allí se entraba al mundo adulto en el que la política y el sexo se mezclaban).

Todos estos eran, apenas, indicios de un acontecimiento más profundo: de golpe el mundo “de afuera” representado por estudiantes de provincias más o menos lejanas, había entrado en nuestra isla silenciosa. Pensamos entonces que algo en la vida de la ciudad cambiaría para siempre. No quisiera pensar que nos equivocamos.

Cristina Iglesia

Crítica literaria y profesora titular de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Revista Ñ, 2008.-


Beatriz Viterbo

LA EDITORIAL


Corrientes


Viajar para viajar

Llegué de Italia con una cajita musical antigua, de madera, una góndola de carey falso, un reloj-pulsera de oro y un jarrón de cerámica de estilo indefinible. En uno de los costados de la cajita de madera pintada, la letra clara de Rosella había escrito con tinta una apretada síntesis del cariño de toda la familia (es raro que decidieran escribir sobre un objeto tan delicado pero sí, lo hicieron, y, hasta ahora me parece insólito). La góndola de carey falso significaba, claramente, una reparación: nevó tanto, me dijeron, que los caminos se atascaron y el programado viaje a Venecia se suspendió. Desde entonces asocié la nieve con Venecia. La góndola tenía, en una punta, una bailarina, y en la otra un gondolero, los dos vestidos con ropa de tela verdadera. Cuando se ponía a andar la cuerda los dos se movían al compás de una música ligeramente véneta, mientras que la cabina o camarote permanecía cerrada con ventanas minúsculas, adornadas con cortinitas de encaje también verdadero. Del pequeño jarrón es mejor no decir nada: era y es decididamente feo, pero fue colocado en un lugar relativamente central de nuestro hall de entrada de la calle Rioja. Conservo todavía el relojito de oro, aunque conoció períodos de encierro en el banco de empeños de Boedo.

Eran todos regalos de la casa, quiero decir no los compraron sino que eligieron algunas cosas que ellos mismos apreciaban para dármelas en el momento de la despedida. Este gesto me conmovió profundamente porque significaba desprenderse de objetos suyos para que yo los llevara a un lugar tan distante y pensara en ellos. Nosotros, en mi casa, no hacíamos ese tipo de regalo salvo con personas muy cercanas y queridas, y entonces entendí, al recibir los regalos en la casa de Pistoia, que los Montanini me estaban diciendo, claramente, que yo formaba parte de sus vidas y que las convenciones del intercambio juvenil que hacía que yo los llamara mamma y babbo habían desaparecido en esos meses para convertirse en tenues lazos de familia.

De Italia traje, también, ocho kilos de más. Ahora tenía un cuerpo, un cuerpo parecido al que tendría durante muchos años. Este cuerpo nuevo era un cuerpo italiano, ganado a base de comidas y bebidas cálidas y sabrosas consumidas en un invierno especialmente largo y frío. Me alimentaron como si fuera huérfana porque mi flacura extrema los ofendía: seguramente no entendían cómo una familia argentina podía pagar un viaje a Europa y no podía hacer comer como debía a su hija adolescente. “Ormai hai solo occhi nel tuo viso” repetía la mamma cada día, mientras me acercaba a la cama un desayuno con pan crujiente, crema tibia de vainilla recién hecha y chocolate espeso. Me alimentaron en invierno en una casa cálida con ventanas de cristales que dejaban ver un paisaje de montañas blancas.

Llegué de Italia a la casa de Corrientes después de hacer un trayecto de dos días en el auto recién estrenado, con mi madre al volante en los últimos cien kilómetros con su cabello suelto, su belleza intacta y sus anteojos oscuros, y miré cada parte del paisaje insípido como si no lo conociera. Casi no hablé desde que salimos de Buenos Aires, pero mi silencio fue atribuido a un cansancio especial, digno de respeto y consideración: después de todo había estado en viaje durante 20 largos días; ya hablaríamos después, más descansada. Mientras volvía no hacía otra cosa que pensar en la ida, en las simetrías de las rutas y en el agujero, o hueco, o lo que fuera que desde entonces tendrían mis recuerdos.

El viaje a Italia se había iniciado con otros viajes: primero uno más o menos corto por el río hacia Barranqueras y Resistencia y otro mucho más largo que terminaría, casi un día después, en la estación del Once, en Buenos Aires. Había que viajar para viajar a Europa, algo que ningún porteño entenderá jamás; había que viajar mucho y trabajosamente para llegar al lugar de la partida y eso le daba una importancia duplicada a todo viaje.

El viaje a Italia había empezado en el río, justo en la esquina de mi casa. Tomamos la balsa con el viejo coche cargado de valijas en una tarde brillante y casi fresca de fines de diciembre. La balsa se deslizó como siempre, lentamente, y una parte grande de la familia se quedó en el puerto levantando las manos mientras que Aldán, trepado a la moto de un amigo, seguía a la balsa desde la costanera, despidiéndome en cada una de sus puntas. Cuando dejé de ver su cuerpo altísimo en una de las curvas del río comprendí que me estaba yendo y que, de algún modo, esa partida no elegida pero tampoco evitada, se convertiría en algo más que una separación de algunos meses, que era la forma que habíamos encontrado de nombrarla en las alusiones furtivas que la antecedieron.

Ya en Resistencia, papá y yo, un poco distanciados, quedamos solos esperando la salida del colectivo que nos llevaría a Buenos Aires. Mamá se había hecho cargo del auto y de mis hermanos para iniciar el regreso a Corrientes en otra balsa. Papá había decidido que los que volvían lo hicieran lo más temprano posible -le daba miedo que mamá manejara de noche y tenía razón- así que la despedida había sido sin muchas palabras: uno de mis hermanos me dio una moneda antigua de la época de la Guerra del Paraguay para que me sirviera, dijo, de amuleto, y nos separamos sin saber que estábamos iniciando una serie casi infinita de despedidas en andenes de terminales más o menos mugrientas o ruinosas. (Gran parte de mi vida y una parte más pequeña de las de ellos ha estado marcada por esas escenas en las que yo me apuraba a subir al colectivo, buscaba el asiento junto a la ventanilla y los miraba allí, reunidos, saludándome. Mirar mi pequeña multitud en el andén, un conjunto apreciable de grandes, jóvenes y chicos que hacía más sobrecogedora la despedida, les daba siempre a mis partidas un sentido ritual y definitivo que se acentuó a mediados de los años 70.)

Llegamos a Buenos Aires de mañana temprano y desayunamos en la confitería La Perla, justo enfrente a la plaza y después, en un taxi, fuimos hacia el puerto, hacia el barco que me llevaría a Italia por un año. Mi padre subió conmigo, inspeccionó el camarote y saludó a las tres chicas con las que viajaría.

Cuando bajó, casi sin mirarme por el llanto, sacó una foto en la que se me ve asomada a la baranda, con mi pelo cortísimo, lista para decirle adiós. Como está tomada desde abajo hacia arriba, la imagen que la cubre es la del barco, la foto es toda barco, y mi padre contaba, sonriente, que tuvo que señalar mi rostro perdido dentro de la fila de viajeros cuando, de regreso, mostró la foto a una familia ansiosa y todavía desconcertada.


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