Fuegos

Anoche, desde la tranquera que da al camino, el lugar ideal para ver el río o lo que siempre imagino que es el río -esa curva azulada, casi nube- el lugar ideal para proponerme que esta vez llegaré de nuevo hasta su orilla, como si estuviera realmente muy distante, anoche, desde ese lugar que es donde me bajo del coche cuando voy llegando para caminar despacio hasta la casa, anoche, desde allí, vi de golpe algo que confundí primero con los rojos del atardecer pero que, poco a poco, comprendí que eran fuegos, varios fuegos cubriendo de un rojo inesperado la línea del horizonte en el bañado. No pude dejar de mirar cómo el viento agitaba esos colores llameantes mientras la noche se hacía más de noche. Un rato después, en la galería, hablamos de la quemazón que se convirtió en motivo único de conversación y conjeturas. Nunca nada es seguro en el campo: el origen del fuego puede ser intencional o fortuito y hasta puede cambiar de causa varias veces en el transcurso de la charla. El fuego también puede desaparecer de la vista durante el día y volver a brillar a la noche con toda su potencia para esfumarse definitivamente sin que hubiera llovido: así la quemazón quedará suspendida en la cápsula del campo como un tema, como un juego de palabras, como un temor que no se dice en voz alta, como un temor que imanta otros temores.

Esa noche, al costado de la quemazón, vi también unas luces muy muy lejanas que podrían indicar (repito, nada es seguro) que algún paraje nuevo se estuviera formando al otro lado del río o quizás, simplemente, que el paraje ya existiera pero resultaba invisible porque no tenía luz, luz eléctrica, como la que logramos tener hace unos años. Pero lo asombroso es que en el campo nadie sabe el nombre del paraje, ni dónde queda exactamente. Se dice que se armó con gente que vino de Solari o de Perugorría o de cualquier otro lugar cercano pero que no son dueños, son cuidadores, vendría a ser un paraje de cuidadores que cuidan el campo de dueños que viven en Buenos Aires o en Brasil. Nada se sabe pero yo veo, por primera vez en mi vida, que hay presencia humana al otro lado de lo que siempre pensé que era el fin del paisaje, el fin exacto de mi mundo. Pienso que quizás estuvieron allí desde hace mucho, incluso desde antes de que tuviéramos esa línea de cables que comienza en la ruta y termina en el patio y quizás también se sorprendieron cuando pudieron ver, a lo lejos, nuestras luces.

 


Everything is real

Para Telma Luzzani

En ese mes de marzo del 2011 en que volví a La Carlota después de varios intentos que quedaban en la nada porque la pena me impedía llegar, las noticias del mundo -leídas en el largo trayecto de Retiro a Mercedes- resultaban amenazadoras, terminales, entre terremotos de una intensidad inusitada e inminentes intervenciones militares a gran escala. Había decidido que esa probable hecatombe mundial no haría ninguna mella en mi estadía que ya estaba cargada con bultos invisibles pero a la tarde siguiente comencé a pensar que, aislados como estábamos, rodeados de montes y con el río crecido, tenía la obligación de enterarme de lo que pasaba en el afuera. Así fue como durante horas, en realidad durante muchas horas de tres días seguidos (seis horas en total en diferentes días) intenté, con una radio vieja que funcionaba muy bien, saber si Japón todavía existía después del brutal terremoto y si la intervención europea y yanqui en Libia habían provocado la tercera guerra mundial. Ni las radios de Goya o de Mercedes ni las radios brasileñas (que seguían allí firmes con esa potencia que desataba la antigua bronca de mi padre porque “tapaban con música todo lo que pasaba”) parecían tener ninguna información que no estuviera vinculada al conocimiento local: lo mismo, siempre, y siempre diferente: el mismo caballo perdido pero con su marca puesta, los mismos bailes en los mismos galpones de la amistad, la misma música chamamecera con alguna que otra cumbia entre los mensajes pagos de comercios o de particulares, la misma tropilla de vaquillonas que debían ser esperadas al borde del camino al llegar al Paso, los mismos telegramas radiales con anuncios de muertes y nacimientos que imitaban el flujo del mundo antes de la revolución industrial.

De golpe, al tercer día, me topé abruptamente con el tono inconfundible de la radio Carlos Antonio López, de Asunción: había enganchado, con dificultad, la principal radio de un país que transmitía, a veces en español y en guaraní, desde la capital de ese país. Estaba de suerte y sentí una emoción difusa: era cuestión de esperar casi en puntas de pie, con la radio en alto sostenida por las dos manos, hasta que las noticias internacionales vinieran en algún noticiero de la hora justa. Milagrosamente faltaban sólo diez minutos para el mediodía, un horario central, la hora del almuerzo. Durante ese tiempo estuve así, en esa posición ridícula, escuchando recetas de tes de yuyos para aplicar a ojos con conjuntivitis -nunca imaginé que hubiera tanta variedad- y seguí enterándome de las actividades sociales de la colonia italiana en Asunción y del estreno de Misión Imposible en una de sus numerosas secuelas hasta que dieron las doce y sonaron las doce campanadas de la Catedral Metropolitana, un detalle de esta emisora que, debo confesarlo, me emocionó como siempre: la irrupción del tañido de las campanas tenía un toque mágico aunque estuviera en una situación tan incómoda. Fueron exactamente doce y al final la voz de uno de los locutores irrumpió bruscamente: “Parece que la gente del Líbano está con problemas” y el otro respondió: “¿Qué clase de problemas?”. “Parece que está habiendo un bombardeo de la Otan, una cosa muy grande”, dijo el que había traído la noticia.

A continuación, se produjo un silencio interminable en el que solo se escucharon unos ruidos mecánicos. Cuando el locutor más informado volvió al aire dijo: “Listo, ya me comuniqué con el presidente de la sociedad sirio libanesa de nuestra ciudad y están todos bien, eso sí preocupados por los rumores. Ya se están intentando comunicar con sus parientes de allá”. Y eso fue todo lo que supe del mundo, supe que la comunidad sirio libanesa de Asunción gozaba de excelente salud a pesar de la preocupación por los rumores. La palabra “rumores” fue, creo, la que más me indignó, por eso la repito. Bajé la radio vieja con cuidado (no por la radio sino por mis brazos acalambrados) y la deposité en la tierra, en una esquina sombreada con olor a bosta cerca del bañadero, mientras deseaba -por primera vez en mi vida desde que Internet existía- que alguna línea de la web o como se llamara cruzara el campo. Yo, que siempre me ufano de tener entre mis posibilidades de vida ese lugar donde apenas hay señal de vez en cuando y en algunos puntos cambiantes (cerca del molino viejo, sobre el estante del escritorio, o quizás encima del aljibe), comprendí que era imposible acceder por radio desde allí a las novedades del mundo no por falta de señal sino por falta de noticias. Tuve entonces conciencia absoluta de la rabia y la frustración de mi padre cuando no podía sintonizar alguna cosa que no fuera, como él decía, la muerte de un ternero o los mandados de la gente, cuando no lograba escapar con su aparato (que le prometía fugas sonoras extraordinarias hacia destinos increíblemente lejanos) del círculo obsesivo de las noticias lugareñas. Acepté complacida, sonriéndole como si pudiera verme, su gesto violento cuando amenazaba con destrozar su enorme radio portátil -que pesaba muchísimo- sobre el caminito de grandes piedras rosadas que formaban una L, el mismo sendero que permitía salir de la casa sin embarrarse cuando llovía y jugar a varios juegos similares a rayuela cuando no.

Sin dejar de pensar en mi padre busqué con desesperación un lugar en el que hubiera señal y, luego de dos horas, en medio de la siesta, pude hablar con Telma, mi amiga periodista, especialista en esos temas, para preguntarle si el mundo seguía existiendo más allá de esa zona tan indiferente que incluía miles de kilómetros a la redonda del Payubre. Me contestó riendo que sí, que el mundo seguía estando. Yo también me reí pero al cortar, después de algunas bromas y de recibir sus noticias, me quedé quieta, en silencio, escuchando el sonido del monte durante varios minutos. Me acomodé lentamente sobre un tronco, y seguí ahí, inmóvil con la cabeza gacha, dejando caer uno tras otro, los recuerdos urbanos que no debían impacientarme. Pensé que debíamos salir a buscar los gansos que habían desaparecido hacia dos días. Tuve una especie de relumbrón de felicidad, algo muy breve pero contundente sacudió mi cuerpo y mientras la congoja volvía de la nada sentí que volvía a ser, yo también, una habitante de esa zona cuyo desinterés por el afuera sólo era comparable, en tamaño, a su inmensa y casi incalculable extensión en tierras, montes y humedales.

 

 


Rutas del Norte Bis

El colectivo dejaba Santa Fe en el comienzo de una tarde tranquila. Lo de afuera asomaba con sus tonos de ocre y verde claro y todo parecía estar en armonía: los silos, los campos preparados para la siembra, el vuelo ordenado de los pájaros. El piedrazo sonó rotundo y certero: la ventanilla mostró de inmediato un agujero redondo y las rajaduras geométricas se multiplicaron sin cesar sólo un segundo antes de que los trozos de tamaños desiguales cayeran sobre los pasajeros que no habían atinado todavía a moverse. Siguió un instante confuso en el que algunos ayudaron a abandonar sus asientos a la pareja que había recibido la lluvia inesperada de cristales. Al otro lado del pasillo la gente buscó, inútilmente, algo para ayudar a los heridos leves: pañuelos de papel, agua, curitas. Otros, los que venían mirando desde las butacas del fondo el costado de la ruta en el que los vidrios estallaron, aseguraron que habían visto un muchacho con una honda casera entre las manos. Justo cuando terminaban de decirlo un disparo sonó desde el espacio del conductor y logró derrumbar, ya a una cierta distancia, un cuerpo delgado que saltaba para festejar su puntería. Los que ocupaban los últimos lugares lo vieron caer antes de que una curva lo borrara definitivamente del paisaje.

El coche continuó su marcha como si ninguna de las dos cosas hubiera sucedido. Mientras tanto, las conversaciones sobre la piedra, el chico, el disparo –el tiro- y lo que vieron o no vieron fueron lo único importante en el interior del micro: con las cabezas dobladas o arrodillados sobre sus asientos todos participaron de ese momento que los unía: al principio discutían en voz alta sobre lo que había pasado, daban sus opiniones sin reparo pero, de golpe, la discusión se transformó en un murmullo, un secreteo, un rumiar de palabras cada vez más tenue: se protegían de lo que hubiera sucedido, se hacían cada vez más parcos.

Las primeras luces de los autos apenas se dejaron ver a los costados porque la velocidad del colectivo había aumentado de modo paulatino hasta llegar a convertirlo en una suerte de bólido sobre la ruta anochecida. Poco a poco las voces se apagaron. Sólo se escuchaba el sonido monocorde de las gomas sobre el pavimento y las bocinas destempladas de los camiones que venían en sentido contrario tratando de esquivarlo.

En medio del silencio, se habían convertido en pasajeros sigilosos. Ahora sabían que formaban parte de una huida que no duraría mucho tiempo y que, en cualquier momento, los arrojaría en algún punto sin retorno. Poco a poco las cortinas de las ventanillas se cerraron y ya no quedó ninguna imagen del afuera, solo había, de tanto en tanto, ráfagas de luces opacadas por la tela oscura.

 


La mañana

Hay días en que lo único que quiero al despertarme es escuchar el silencio del campo. Pero hay otros en los que sólo quiero escuchar el sonido del clarinete de Doreen Ketchens subiendo hasta el balcón de mi casa en Barracks Street desde alguna esquina de la ciudad. Casi nunca encuentro el disco en el primer intento y comienzo a buscarlo, todavía en ayunas, adormilada, con la angustia que produce buscar algo que uno sabe que si se pierde es casi imposible de recuperar. Quiero escuchar en mi mañana de Balvanera cómo suena el clarinete de esta mujer que hace estremecer el instrumento, sentada en una banqueta de lona o una silla de plástico en la vereda de una esquina cualquiera, por ejemplo la de Toulousse y Royal Street. Quiero escuchar como convierte en música de Nueva Orleans todo lo que toca, incluida una versión única, irrepetible, de Summertime. Esa música me acompaña siempre aunque hace años que no vuelvo a la ciudad, años que no circulo por sus bares ni cruzo el río en dirección a Algier

Atravesar ese puente, en ese punto, provoca una sensación de final y de comienzo, tiene una brusca manera de depositar al que lo transita en un lugar absolutamente diferente del que partió. Algier es –o era– una ciudad proletaria, derrumbada por la pobreza. Los edificios parecen cárceles al aire libre, enormes extensiones de bloques de departamentos con ventanucos, parecidos a todos los proyects que he visto en ese país, pero más tristes.

Encuentro el disco de Doreen, lo hago sonar en el viejo aparato de la cocina y me dispongo a cruzar el puente. Estamos frente a un barrio entero -tiene alrededor de seis manzanas- de casas rodantes que no ruedan sino que están allí inmóviles, con sus buzones de correos para la correspondencia, con sus perros, con sus jardincitos delanteros. Le pido a Harry que detenga el coche. Bajo y empiezo a caminar sin rumbo buscando algo indefinido, buscando quizá una casa rodante que funcione como escuela o como iglesia o como almacén o como algo que le dé similitud de barrio a esto que parece una estación terminal en el medio de un espacio vacío. Sigo mirando los diseños de las cortinitas de los ventanucos y las pequeñas artesanías con diferentes gamas de enanos y animales en los jardines. Los espacios para tender ropa son simétricos. Es un barrio de blancos en medio de una ciudad donde la mayoría de sus habitantes descienden, en línea directa, de esclavos africanos. Hay capas de sufrimiento en Algier y eso se percibe en el aire. Unos niños pequeños, muy delgados, dan vueltas en círculo con sus bicis hasta que el mareo los derriba, los tira al suelo. Son tres. Corro hacia ellos para ayudarlos pero una mujer joven con el pelo teñido de rojo brillante aparece detrás de las sábanas y me pide a gritos -en realidad me ordena- que no los toque. Me detengo tan bruscamente que casi pierdo el equilibrio. Los chicos siguen en el piso, con temor a moverse. Uno de ellos tiene un parche en el ojo y los otros quedan tendidos, tiesos, como si estuvieran muertos. Pero están vivos: la mujer los arrastra hacia la caravana en completo silencio. Los cuerpos pequeños responden como marionetas a los movimientos bruscos de la mujer -que no deja de mirarme- pero no hablan, no gritan, no lloran. Antes de que los cuatro desaparezcan por una puerta lateral pequeña, casi invisible, Harry ya está a mi lado rogándome que regrese al coche. Hay reproche en su pedido. Miro por última vez las pequeñas bicicletas abandonadas en la huida. Vi un paisaje de casas como vehículos que funcionan a recuerdos, como diría Leonard. Salimos del barrio despacito, como si no quisiéramos despertar a nadie aunque sea plena tarde. Vamos al Old Point, un bar ruinoso cerca del puerto: no recuerdo lo que tomamos, no recuerdo siquiera si hablamos, si tuvimos alguna conversación. Recuerdo vagamente el río, una curva de agua que se va oscureciendo. Allí se acaba todo.

Balvanera, 2019.

 


Coffee to go

para Agustina Blanco

Ahora estamos en Perissa, en una casa blanca y azul como las de las películas. Ninguna de las dos puede creer que estemos allí, en medio de esas playas de color oscuro, una suave capa de piedritas volcánicas de todos los matices que van del gris al negro, que no se pegan al cuerpo mojado sino que se desprenden solas cuando se sacude un poco la mano que se ha hundido en esa concavidad de falsa arena. No se pueden construir castillos en la playa negra de Perissa, pero sentimos el placer de meter las manos en esa arena oscura, empedregada, formada por minúsculas joyas brillantes. Sabemos que estamos lejos de todo lo que conocemos, la palabra Egeo nos hace sentirnos más remotas. Ahora estamos en Perissa, en la playa negra, lejos de todo lo que conocemos, con unas ganas enormes de quedarnos allí para siempre, sin movernos, sin hablar, solo mirando el mar que ahora se ha puesto más y más azul, solo mirando esa línea que separa la espuma blanca de la playa oscura. Estamos a pasos de la casa donde todos mostraron unas ganas enormes de que nos sintiéramos bien, mientras nos servían un desayuno desbordante de colores sencillos. Vanni, la ayudante de cocina, es nueva en las tareas hoteleras y acaba de llegar desde el norte buscando sobrevivir en el sur turístico de las islas. Apenas habla inglés, y si lo hace, pronuncia las frases de una manera diferente, como la mayoría de los griegos. Los griegos tienen su propio inglés y si no comprenden algo que uno dice en ese idioma quedan, primero, paralizados y luego lanzan algo así como un what entre furioso y desesperado, en el mejor de los casos, como lo hacía Vanni, o bien, en otro de los casos que no necesariamente es el peor, él o la griega corren hacia otro griego o griega que los pueda ayudar con el inglés y cuando el intérprete aparece (con una no disimulada sonrisa de satisfacción por ese saber que lo distingue) todo vuelve a empezar. Esto fue lo que sucedió en el pequeño barcito llamado Bakery en Sepolia, Atenas, ubicado en una esquina muy cerca de las vías del tren.

Los carteles decían claramente “Coffee to go” y “Coffee to stay” y estaban escritos a mano en unos papelitos pegados a una máquina antigua de hacer café, de esas que quedan en algunos bares de barrio en Buenos Aires. La oferta panaderil era concisa pero deliciosa: consistía en una gran variedad de rosquillas hechas de por lo menos diez formas diferentes. Bakery quedaba en un cruce de vías de trenes, tranvías y calles bastante extraño para una ciudad tan grande como Atenas -pero esta ciudad tiene esos cruces imposibles que volverían loco a cualquier urbanista-.

Habíamos decidido explorar a pie el barrio, una opción riesgosa porque los peatones debíamos transitar por veredas de piedra muy angostas. Decidimos tomar un café en esa esquina pequeñita de la que provenía un aroma tan delicioso y, apoyadas en la caja de cristal que contenía las rosquillas en sus colores múltiples, intentamos pedir two coffees to go or to stay, aunque to stay nos parecía algo imposible teniendo en cuenta las dimensiones del cuartito. Queríamos ser amplias, darles las dos opciones, por las dudas, para poder tomar nuestro café. Después de hacer el pedido -dirigido a la mujer alta y rubia, con el pelo atascado en un rodete enmarañado que despachaba justo detrás de la caja de cristal- se produjo un silencio enorme y de inmediato fue como si hubiéramos desencadenado un estampido: la mujer corrió hacia la calle, llamando a gritos a un conocido, un hombre altísimo, todo vestido de negro (que se convertiría en “el intérprete”), pidiendo ayuda. Varios vecinos comenzaron a rodear el negocio. Mientras tanto, el marido de la mujer rubia irrumpió desde atrás para poner orden en ese loquero en que la esquina se había convertido y logró todo lo contrario: su mujer se enojó, volvió por un instante y lo mandó a guardar, como diríamos por acá, indicándole que su lugar estaba detrás de las cortinas del cuartito. Nosotras seguíamos con los ojos todos los movimientos hasta que el intérprete nos preguntó, en un inglés exquisito con acento británico, qué era exactamente lo que queríamos y nos pidió disculpas por el alboroto. Al final de un larguísimo párrafo introductorio el hombre de negro se dispuso a escuchar muy concentrado nuestros requerimientos. Repetí con soltura que queríamos dos expresos con un poco de leche y cuatro roscas para llevar, añadiendo (loca de mí) el pedido de una recomendación para elegirlas. Él dijo que se sentía muy honrado en ayudarnos y comenzó a explicarnos de qué estaba hecha cada rosquilla para que decidiéramos con sabiduría. La explicación, que ya era larga, provocó la intervención de una señora que agregaba detalles ínfimos e infinitos sobre las rosquillas, detalles que el intérprete se veía obligado a compartir conmigo, con nosotras y con un público cada vez más nutrido cuya presencia ya obstaculizaba el tránsito a juzgar por los bocinazos que comenzaron a escucharse. Yo arremetía con frases cada vez más cortantes y precisas para que la situación terminara (mi inglés fluía en esa esquina griega directamente desde los patios sombreados de la casona amplia y antigua de la Cultural Inglesa de Corrientes -podía ver a Mr. Cazalet con su saco raído, su corbata moñito y su mirada dulce y agotada aprobando mi esfuerzo- y se hacía cada vez más rico a medida que enfrentaba la realidad abrupta de que tendría que usar un inglés local o más bien un inglés griego que jamás había estudiado si quería hacerme entender durante el resto de nuestra estadía). Tardamos exactamente media hora en decidir escapar y cuando por fin salimos del círculo compacto que se había formado, dejando el dinero sobre el mostrador, el café ya estaba frío y no pudimos comer las rosquillas porque nos había atacado una risa imparable y no teníamos dónde escondernos y no queríamos ofenderlos.

Y esto fue lo primero que hicimos en Atenas, ese fue nuestro primer encuentro con esa gente tan amable y tan desolada.

Esa noche, agotadas después de haber logrado, con éxito, el ascenso al olimpo de sus dioses, comimos unos sándwiches de tomate y queso en otro bar de paso, en otra esquina. Recurrimos siempre al dedo índice para mostrar lo que queríamos, no dijimos palabra, pero no pudimos evitar que el dueño nos contara, en lenguaje de señas, que tenía dos hijas de la edad de Agustina, que eran tan lindas como ella,  que no estaban con él porque habían viajado lejos para encontrar trabajo. En las fotos que nos mostró se las veía abrigadas, pero muertas de frío, en la Gran Plaza de Bruselas, muy cerca de la casa donde Marx imaginó un futuro mejor para estas chicas y también, por qué no, para nosotras.


Locutorio

El hombre está apoyado en la reja cuadriculada que protege el kiosko de los robos, se apoya en el cuadradito que le permite ver a la mujer llorando con una congoja que merece una cercanía mayor. El locutorio de Rioja al 500 es único no sólo porque no protege la intimidad de las emociones de los que llaman a sus familias lejanas sino que los expone, uno junto al otro, a las miradas indiscretas como las mías o las de ese hombre. Sus clientes, casi siempre mujeres, hablan por teléfono a pueblos peruanos o a ciudades de Bolivia frente a un vidrio enrejado que apenas los separa de la calle. Si uno entra al local también puede escuchar estas conversaciones que se interrumpen varias veces por razones diversas, pero me atraen más los rostros sin voces que puedo ver al paso. Seguro no hay en esta ciudad una vidriera que muestre de forma tan nítida la marca de la melancolía en los rostros como sucede allí, pero siempre reprimo el gesto de volver a casa y tomar la cámara para detener algunos de esos instantes. Quisiera atrapar con la cámara esas sonrisas tristes, esas esperas detenidas, suspendidas en el aire, esos cabellos que los dedos de la mano libre tocan una y otra vez, los gestos de la ausencia. Pero no puedo hacerlo porque el pudor es más fuerte y también porque hace mucho -mucho tiempo- solía hablar con mi familia lejana desde un teléfono público ubicado en la intemperie o asegurado en la pared de un bar pequeño, apretando monedas en el bolsillo de la campera y modulando las palabras con una leve euforia atropellada y no me hubiera gustado ser el motivo de una foto, en ese trance. Al menos esa mujer está sentada mientras habla, pienso, aunque sé que para ella no es consuelo. Pienso también en la palabra locutorio y la separo y la observo por todos sus costados.

El hombre sigue ahí, afuera, apoyado en la reja, esperando que termine de llorar, que algo se termine. Por mi parte quisiera irme lo más lejos posible, caminar hacia un río imaginario, cruzarlo y no volver.

Balvanera, febrero 2018

 


Horses

 

Para Gabi Conterno

 

Durante algunos meses de un invierno inusualmente frío, intenté prepararme para escribir relatos que se ocuparan de carreras de caballos y del pequeño mundo que las rodeaba y que crecía junto a ellas. Por esa época –tenía 14 años– había leído algunos cuentos de Sherwood Anderson donde los chicos blancos pobres salían a hacerse hombres siguiendo a algún muchacho negro experto en esas lides por caminos inciertos de Kentucky. Desde chica, si me preguntaban cuál era mi animal doméstico preferido –e incluso si nadie me lo preguntaba– yo daba a entender, de una forma u otra, que por encima de gatos, perros, conejos o tortugas yo elegía, sin dudarlo, los caballos. Sentía que esa elección un tanto estrafalaria me daba cierta superioridad sobre los adultos y sobre los niños y que cuando por fin escribiera mis relatos y fuera famosa, todos recordarían esa extraña predilección infantil.

Tenía predilección por los caballos aunque no me gustaba montarlos. Los miraba en el campo cuando se preparaban, resignados, para todo lo que les pondrían encima: las calchas de cuero y de lana, las riendas, el bozal, las espuelas, todo lo que los encerraba en el mundo de los humanos, pero también me gustaba mirarlos cuando trotaban desnudos con paso seguro y liviano, bajo la lluvia, en las mañanas de invierno o cuando el verano estallaba y se metían en el tajamar el tiempo justo para mojarse y enfriar el cuerpo para luego revolcarse al sol, en la arena caliente. (Hay pocos espectáculos de felicidad absoluta, autónoma, definitiva como el de un caballo revolcándose sin prisa en medio de la siesta, yendo de un lado al otro de su cuerpo húmedo sobre la tierra seca, levantando las patas en movimientos desiguales hacia el cielo, envueltos en un frenesí que sólo se termina con otro frenesí, una sacudida feroz que aleja partículas de agua que brillan un momento en el aire y restos de polvo que se vuelven tornasolados hasta quedarse con un pelo liso y lustroso y un cuerpo satisfecho, agradecido).

Mi primera decisión de escritura tropezó con muchos obstáculos: para empezar, yo no era un chico pobre, y para seguir, me resultó imposible encontrar un muchacho negro (realmente negro) en la zona de studs que rodeaban al hipódromo de Corrientes. Al contrario, terminé siguiendo, enloquecida, a un muchachón grandote, rubio y de ojos de un castaño casi transparente que ni siquiera era cuidador sino que solamente merodeaba por esas callecitas húmedas con olor a tabaco, a sudor, a bosta, a caroina, a tierra antigua medio putrefacta porque estaba, a su vez, el muchachón, interesado en –nunca logré que dijera enamorado– un chico que ya corría en Palermo y San Isidro y que ese verano había vuelto a Corrientes para unas vacaciones, y, como extrañaba tanto los caballos, se instalaba en la zona para seguir respirando ese aire excitante casi opiáceo que tenían los lugares de carreras y sus alrededores.

Este fue mi primer intento de escribir sobre un tema y también mi fracaso más estrepitoso: no recuerdo haber borrado tantas palabras, haber pensado en tantas versiones, haber maldecido tanto contra la pobreza que se me negaba en la escritura. Con los años entendí que lo que interfería en mis intentos de lograr la versión correntina de las pequeñas aventuras de los personajes de Anderson era la dificultad para contar la felicidad enorme que esas escapadas les proporcionaban. Aunque creía que estaba preparada para escribir sobre la tristeza –tenía, repito, 14 años– no entendía cómo lidiar con los momentos felices.

Muchos años después, poco antes de su muerte, mi padre me regaló uno de sus tesoros más preciados: la pequeña camisa azul y fucsia con la que un jockey de apellido Olivera había corrido a su yegua Malhablada en la séptima carrera del 9 de julio de 1970 en el hipódromo de Rosario, y había conseguido, al fin, un triunfo aplastante. Me la dio acomodada entre papeles de seda en una caja de zapatos gris: él mismo, que no sabía hacerlo, lavó y planchó la prenda minúscula para que yo la guardara como recuerdo suyo. La recibí con el orgullo torpe, con la emoción entrecortada que siempre se interponía entre nosotros y la conservé  entre mis cosas más preciadas.

Sigo prefiriendo los caballos sobre cualquier otro animal en este mundo: ellos saben vivir con la tensión –insoportable para los humanos– entre el agobio del sometimiento y el desparpajo de la felicidad.

Y este verano, al mirarlos, comprendí que ya saben, con seguridad, que los hombres los necesitan cada vez menos y que los usan como remedo del pasado y que esa prescindencia les permite presentir un futuro más libre, más ornamental.