Las garzas

Ese invierno las garzas y algunos pájaros pequeños de patitas cortas pastaban junto a las vacas en un continuum raro de paisaje. La garza siempre es señal de orilla del agua, de borde de laguna, de riacho, de costado de tajamar, pero en esos días la lomada se emblanquecía cuando sus plumas de un rosa muy muy pálido se posaban suavemente sobre el suelo. No podía creer lo que veía: primero pensé que el error de visión era mío y que la imagen se disiparía (en el campo suele haber espejismos por los rebotes de la luz) pero a la segunda tarde tuve que admitir que las garzas y los pájaros pequeños se mezclaban con las patas de las vacas y se movían o se detenían a su compás. Eran como escoltas ligeras de animales pesados y lo más intrigante era el hecho de que, como aves, podían alzar el vuelo en cualquier momento pero preferían no hacerlo, elegían quedarse atadas al paso o al trote indeciso de los animales terrestres como si ejecutaran un ballet sincopado y eso no era algo frecuente, no durante tantas horas, tantos días.

Ese invierno el chico de los Galarza tocó en un acordeón chiquito la versión más nítida y limpia de Paraje Bandera Bajada que yo hubiera escuchado jamás. Tocó en la galería mientras Totí tejía los gorros de infinitos marrones para todos nosotros.

Ese invierno sentí (cosa muy rara) que me gustaba ser maoísta, y escribí un relato donde lo que importaba era el color amarillo y sus variaciones inspirado seguramente (aunque yo jamás lo hubiera reconocido) en un poema de Mao. Había empezado el relato en Buenos Aires, lo había seguido en la estación de Yofre y lo había terminado a la luz firme y a la vez vacilante de la camisa encendida del sol de noche. (La ceremonia de prender el fuego a ese trocito de tela endurecido sin que el resto se incendiara siempre me pareció un milagro, pero ese invierno la repetí varias veces, sin necesidad evidente, como si fuera el ritual de una religión personal.) Y ese fue el último cuento que escribí por muchos años aunque yo no lo supiera al terminarlo.

Ese invierno, precisamente en una noche de ese invierno, el ejército y la prefectura llegaron a lo que llamábamos “la calle” -un camino de tierra a una media legua de la casa- y tiraron abajo las dos habitaciones de la escuelita buscando armas y a una maestra rubia que se llamaba Flora y que venía a dar clases desde Curuzú. Como no encontraron nada amenazaron a los de Paraje porque daban por sentado que la tenían escondida en algún lugar del monte. Esa noche  hicieron un rastrillaje desordenado que no dio resultados positivos y los llenó de furia y por eso, para compensar se llevaron algunas ovejas de consuelo. Al amanecer alguien llegó a caballo hasta la casa contando la historia de la escuela, las ovejas, la maestra, todo mezclado.

Salimos por detrás de las casas y nos fuimos caminando hacia el bañado, hacia el brazo del río, sin saber exactamente por dónde huir. Totí nos puso los gorros como protección del frío y de cualquier otra cosa. Lo único que nos dijimos entre nosotras fue “no corramos” y efectivamente caminamos durante horas bordeando montes hasta que llegamos al agua.

Viajamos casi en silencio, por las dudas.

Ana tenía una belleza extraña y lo digo en pasado porque no supe más nada de su vida o de su muerte. Tenía también, según sus cálculos, un embarazo de tres meses. (Ahora que lo pienso tenía un parecido asombroso con Tilda Swinson en Vulcano Saga, la historia de la joven de Islandia que convertía en realidad sus sueños y deseos). Tardamos más de tres días en llegar a Buenos Aires por rutas indirectas y nadie supo nada de nosotras mientras tanto. Durante todo el camino yo pensaba de manera obsesiva que nunca más podría volver al campo. Y esa fue la tristeza más grande del resto de ese invierno en la ciudad.

Limerick, junio 2017.

 

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Mahon

“Creo que necesitamos más café”: los personajes de Stieg Larsson siempre necesitan más café en cada momento clave de sus peripecias y esta necesidad esta obstinada convicción de que unos tragos del líquido oscuro mejorará su perspectiva para ver mejor las cosas cuando las cosas se pongan difíciles involucra a todos, sin distinción de sexos, jerarquías u oficios. Desde el primer ministro hasta el activista del partido ecologista, desde el jefe de los servicios secretos hasta Mónica, la policía de curvas sugerentes, desde el redactor jefe de una revisa progresista hasta el periodista freelance de un pequeño diario de provincias, todos los suecos en las noveles de Larsson se aferran al café como una frágil y provisoria tabla de salvación.

Apoyada en una de las mesas del bar, leo sin poder dejar de hacerlo, el segundo volumen de la trilogía. Sé que mi lectura es acompañada por millares de lectores en muchas partes del mundo y eso me hace sentir extraña y cómoda. Es la primera vez que comparto la lectura de un libro con una comunidad universal y abigarrada de lectores atrapados casi en el mismo momento por las peripecias de los mismos personajes. Leo con una felicidad diferente a la que me proporcionan las novelas que elijo con frecuencia. Sin que nada pudiera presagiarlo, después de años de indiferencia hacia los best sellers universales estoy metida de lleno en las aventuras extravagantes e inverosímiles de la criminalidad sueca de principios del milenio. Ni siquiera tuve tiempo de pensar en lo que me estaba sucediendo porque liquidé (literalmente) las más de 600 páginas del primer volumen, Los hombres que no amaban a las mujeres –o, de modo más directo, en el original sueco, Los hombres que odian a las mujeres–, en menos de cuarenta y ocho horas. Y ahora una segunda entrega promete reiterar la magia de la lectura total, despojada de prejuicios. Instalada en el bar Mahon en la esquina de Independencia y Urquiza tomo, mientras leo, un café tras otro mientras sigo las aventuras de Lisbeth Salander.

En la mesa de al lado tres chicas hablan de la Dora de Freud como si fuera una vieja conocida a la que necesitaran atacar estando juntas: “Ella alentó la relación del padre con la señora K”, dice la primera. “Y eso que aprovechaba la situación para encontrarse con el señor K y mantener una historia hot”, dice la segunda. “Te das cuenta de que es una histérica en dos minutos”, dice la tercera. Dejo de leer la historia de los suecos. Recuerdo que estoy en zona freudiana, la facultad de psicología queda a mitad de cuadra. Me subleva tanta hostilidad hacia una adolescente que fue abusada moralmente por su padre, ignorada por su madre y engañada y utilizada por sus supuestos amantes la perversa pareja de los señores K y, por supuesto, por el propio doctor Freud que la puso en boca de todo el mundo y sobre todo de la impiedad de las chicas de la facultad que a esta altura compiten con odio, casi a gritos, por hundirla en la ignominia de la culpa. Las miro discutir acaloradas, ensayo mentalmente una defensa pero me siento ridícula y me detengo a tiempo: comprendo que tengo otra versión de la historia, una que pone al maestro en el centro del delito y no creo que convenza a mis vecinas de la mesa cercana.

Pienso en cambiar de bar para seguir leyendo con calma pero en mi barrio cada bar, cada esquina, acoge una comunidad cerrada que lidia con sus propios fantasmas así que debo elegir entre traumas de la psiquis o fracturas expuestas en la esquina del Ramos Mejía.

Miro el cuadrito colgado en la pared, me fijo en el paisaje de postal que encierra, leo una leyenda escrita a mano y aprendo que Mahon es un puerto bellísimo de Mallorca o quizás fue bello cuando la foto fue tomada. Los colores de la arena y del mar se juntan, en los bordes de la foto, con los colores claros de las baldosas de la pared del bar. Sus dueños o los padres de sus dueños salieron de ese pueblo pequeño y siempre soñaron con volver. Se podría inventar una pequeña historia de la inmigración volviendo a fotografiar esos paisajes o los afiches gastados de los bares de Buenos Aires que recogen toda la nostalgia, todo el desarraigo: fueron colgados allí para mostrar el lugar del origen. Hay que hacerlo rápido. Pronto desaparecerán, porque los nietos que ya no quieren saber de dónde vinieron sus abuelos, borrarán el pasado atrapado en esos marcos que delatan una pena que no les pertenece, que los incomoda.

 


2×1

Me llamó la atención un tipo parado junto a un árbol leyendo un libro con una luz escasa, mala para la lectura porque provenía de un farol rojo de un hotel de alojamiento y entonces pensé, mejor dicho, quise saber con mucha urgencia cuántas horas de mi vida transcurrieron en esquinas o paradas de colectivos urbanos pero sobre todo suburbanos. Quise saber esa suma con toda exactitud. Hice una cuenta rápida: dos horas por semana, ocho por mes, noventa y seis por año, multiplicado por veinticinco –que es una cifra impar y clave para mí- y el resultado fueron dos mil cuatrocientas. Me abrumó pensar en esas horas casi vacías porque sólo la espera, la inseguridad y la impaciencia las habitaban. Pero no siempre las esperas estuvieron vacías. Durante ocho largos años viví cada día amenazada de muerte. La amenaza no incluía mi nombre falso pero aun así yo sabía al acostarme que esa podía ser la última noche y, al levantarme, que ese podría ser el último día. (Es difícil explicar cómo atravesábamos las horas escindidos en quehaceres cotidianos paralelos destinados a fines tan diversos. Circulábamos por la ciudad y sus aledaños como si estuviéramos bajo libertad vigilada: podíamos caminar, tomar un tren, un colectivo, un subte, y hasta quizás muy pocas veces, un taxi. Podíamos pasar controles sin que nos detuvieran aunque la respiración se agitara y hubiera que disimular esa agitación. Podíamos llegar a los lugares donde teníamos muchas cosas por hacer aunque a veces sólo hiciéramos una o ninguna. Podíamos regresar, acariciarnos, probarnos ropa nueva, enseñar, estudiar, ir al cine, aunque no a cualquier hora. No podíamos quedarnos con los chicos en las plazas mucho tiempo aunque ellos protestaran). Tenía un nombre diferente para cada parte de la jornada: uno para la mañana y otro para las tardes y las noches; el nombre cambiaba, sin transición, sin previo aviso, al entrar a una casa o al viajar junto a un hombre o una mujer cuyo nombre verdadero no conocía ni conocería nunca. Al salir de la calle o al bajar del tren, respiraba profundamente y retomaba mi nombre verdadero. Todavía ahora, después de tantos años de no usarlo, alguien puede volver a llamarme de ese modo, en una esquina de esta misma ciudad. Es como si no pudiera despegarme de ese nombre. Es como si la amenaza estuviera viva.


Tipping

Vi, desde la ventanilla de  un taxi, un cartelito pintado a mano, agitándose sobre el pescante de un mateo en Central Park. El cartel afirmaba con ironía y cierta dosis de esperanza: “Tipping is not a town in China”. Vi una familia entera de rasgos orientales patinando por las calles en las horas pico: parecían felices, desafiantes. Vi también una luna increíble entre los edificios de la Segunda Avenida. Caminé por China Town sin parar, durante horas, sumergida entre la gente, con los ojos llenos de colores y dibujos de letras. Compré llaveros, caramelos y una cajita de té de una belleza obsesiva. Me detuve frente a un bar pero no me animé a entrar. Vi todo lo que se me ponía en el camino como si pudiera guardarlo en algún lado.  Volví al departamento en un coche conducido por un taxista chino. Tenía la piel manchada y cuando el tránsito se detenía, miraba de reojo una revista con mujeres desnudas que llevaba semi abierta en el asiento de adelante, junto al suyo. Eran mujeres chinas. Era 1993, no había celulares para charlar mientras se manejaba. Era verano y la vida nueva apenas comenzaba.


Traducciones II

Un temblor al filo de la visión

“Siempre he deseado ser parte de lo abierto, estar allá al borde de las cosas, dejar que la impureza humana se enjuague hasta el vacío y el silencio como el zorro disuelve su olor en el agua fría y ultramundana; volver a la ciudad como un extranjero. Vagabundear nos sonrosa de una gloria que con el arribo se desvanece.

Llegué tarde al amor por las aves. Por años solo las vi como un temblor al filo de la visión. Las aves conocen el sufrimiento y la dicha en estados simples imposibles para nosotros. La vida se les activa y calienta a un pulso que nuestros corazones no alcanzan nunca. Corren hacia el olvido. Envejecen cuando nosotros no hemos terminado de crecer”.

Así, en una primera persona decidida pero esquiva, como su propia búsqueda, se instala el narrador de El peregrino, uno de los libros más bellos y extraños que he leído. El narrador es el personaje detrás del cual el autor, J.A. Baker, se nombra (se muestra y se esconde) en su búsqueda del peregrino, un halcón que persigue como observador durante diez inviernos en una zona de granjas del condado de Essex que no tiene nada de particular salvo parecerse a otras zonas de granjas de Inglaterra: “las granjas son ordenadas, prósperas pero aún pervive una fragancia de descuido como un fantasma de hierba caída. Siempre hay una sensación de pérdida, de haber sido olvidado. Aquí no hay nada más; ni castillos, ni monumentos antiguos, ni colinas como nubes verdes. Es apenas una curva de tierra, una crudeza de campos de invierno. Tierras tenues, chatas, desoladas, que cauterizan cualquier pena”

Allí Baker no sólo persiguió a pie o en bicicleta al peregrino para verlo atrapar su presa una y otra vez en un tiempo sólo tensado por fugaces encuentros y desencuentros sino que luego realizó la proeza de poner en palabras esta relación de a tres: Baker busca al peregrino que a su vez busca a su presa y descubre no sólo el vuelo fulgurante del ave, el temblor de sus colores en las mañanas y la oscura densidad de su sombra por las tardes sino también y sobre todo, la crueldad del momento de matar y el temor de sus víctimas, su aleteo final. Pero quizás lo más apasionante del tempo de la narración es leer/ver cómo el hombre se va mimetizando con el ave que observa: “Me encontré agachado sobre la víctima como un halcón desplegando las alas para proteger la presa (…) como en un ritual primitivo, sin tener conciencia, estaba imitando los movimientos de un halcón. (…) Vivimos, en estos días a la intemperie, la misma vida de miedo extático. Huimos de los hombres.” Muchas páginas e inviernos después el hombre encuentra una presa abandonada: una gaviota cazada muy pocas horas antes. “Todavía estaba húmeda y ensangrentada (…) lo que quedaba tenía un olor fresco y dulce, como un picadillo de ternera cruda y piña. Era un olor sabroso, para nada rancio o de pescado. Si hubiera tenido hambre yo me lo hubiera comido”.

Para lograr esta convivencia a distancia Baker se dejó ir detrás de su halcón durante diez inviernos (que luego condensó en uno solo) y reescribió cinco veces el libro hasta que sintió que sucedía algo que podía ser compartido con sus posibles lectores. Nunca antes había escrito un libro pero cuando éste se publicó en 1967 fue considerado “una obra maestra de la literatura de la naturaleza” según leo en la solapa de la edición castellana. Después de éste escribió uno más, The Hill of Summer, donde parece que lo que el narrador observa es el transcurrir del verano, año tras año. En El peregrino sólo hay aves y un solo hombre: los demás animales y los demás hombres desaparecen de la mirada hasta el punto de que lo único que importa es el embeleso del narrador al verlas acercarse, huir, esconderse, jugar, estirarse sobre la curva de la costa, perderse de la vista. Pero el centro de la mirada es el halcón descripto una y otra vez a veces en pleno vuelo: “El sol bronceaba ese espléndido halcón amarillo y marrón rastrojo y le arrancaba un dorado súbito de los pies cerrados. Tenía la cola desplegada y rígida, doce plumas castañas separadas por diez bandas de cielo”, a veces irrumpiendo de pronto en la penumbra, listo ya para matar: “Los campos húmedos exhalaban ese olor indefinible del otoño, un aroma agridulce de queso y cerveza, nostálgico, que impregnaba el aire denso. Oí una hoja desprenderse y ondular en caída hasta dar en la superficie brillosa del camino con un ruido leve y áspero. El peregrino descendió blandamente de un árbol seco como el tenue, pardo fantasma de un búho: había esperado en la penumbra, no descansando sino alerta a la caza”.

El éxtasis y la epifanía de cada encuentro de Baker con su presa es narrado con una belleza que produce felicidad, lo digo sin dudarlo. Pero no me olvido que el efecto de esta belleza en los lectores de lengua española tiene que ver también (o sobre todo) con que lo leemos en traducción de Marcelo Cohen quien, a su vez, tocó con sus dedos el texto de Baker como quien toca una partitura y se dejó poseer “no exactamente por el original sino por un lenguaje primordial en cuyo pneuma todos los idiomas serían uno como la música”. De ese y otros modos, todos iluminados, explica Marcelo Cohen en Música Prosaica, un libro que reúne cuatro ensayos suyos sobre el oficio de traductor que Cohen ejerce de modo tan sistemático como la escritura de ficción. De todos esos modos yo elijo para sentir la relación de Cohen con el texto de Baker este fragmento: “Los dedos quieren tocar. Tal vez quieran ayudarme a suspender la convivencia conmigo mismo, eximirme de mi en un lenguaje ajeno, ilusionarme con que toco a otra criatura”. En este caso, el resultado es una melodía visual perfecta.

*El peregrino, J.A. Baker, traducción de Marcelo Cohen, Buenos Aires, Sigilo, 2016.

*Música prosaica, Marcelo Cohen, Buenos Aires, Entropía, 2014.

peregrino

 


Traducciones I

Es una mañana fría para el otoño de Berlín. La lluvia golpea sobre el techo de vidrio de la sala de lectura del Instituto Iberoamericano. Espero, con paciencia, el momento de buscar los libros que he podido pedir, sorteando todos los obstáculos que el sistema pone en mi camino. Desde que llegué -hace una semana- cada día, cuando me acerco al mostrador, los bibliotecarios me devuelven mis fichas con anotaciones y exclamaciones cuyo significado exacto no comprendo. Están escritas a mano, en alemán, y siempre, finalmente, significan que he cometido algún error en la computadora, algún error al comienzo mismo del túnel invisible que debería ponerme en contacto con los libros.

Pero esa mañana de mayo del 2004, como un verdadero milagro alemán, todos los libros están allí. Todos menos uno. El bibliotecario lleva muchos años haciendo su trabajo y casi siempre le he visto la misma sonrisa profesional y amable con la que debe encarar situaciones complicadas con los investigadores que llegan de todas partes del mundo sin conocer la lengua germana. Pero esa mañana su sonrisa es diferente, es tenue, insegura y tiene un leve y embarazoso matiz de disculpa. Me señala la ficha, y la anotación que le han puesto en uno de sus bordes y susurra algo en inglés que tampoco llego a comprender. Con gesto de fastidio no muy bien disimulado pregunto qué es exactamente lo que hice mal en el pedido, cómo debo rehacer la ficha y me dispongo a anotar. El bibliotecario vuelve a sonreír con marcada molestia: dice con su inglés atildado que yo no he entendido lo que me dijo y le respondo en mi inglés desesperado que no, que no he entendido. Entonces vuelve a decirlo con una voz más audible pero no menos tensa: -el libro que usted busca ya no está en la biblioteca. Lo que en el depósito anotaron al borde de la ficha significa “se perdió en la guerra”.

La pérdida del libro que se perdió en la guerra es, para mí, doble: yo he perdido cierta inocencia de investigadora latinoamericana desprevenida; no estoy, no estaré nunca preparada para esta frase: en ninguna biblioteca del mundo que conozco me dieron por respuesta que la guerra hubiera sido la causa de la pérdida de un libro. Conservo sin embargo cierta calma que me lleva a preguntar por qué razón si el libro ya no está, la ficha, completa, con todos los datos, se conserva en los ficheros que se triplican en la biblioteca. El bibliotecario me contesta con la mirada entristecida que la ficha se conserva para que se conserve la memoria de la guerra, la ficha es en sí misma un pequeño resto del desastre. La ficha se conserva para reforzar la idea de la pérdida, la ficha señala el vacío dejado por la guerra.

Tengo al mismo tiempo dos sensaciones confusas: la primera es que no es justo que este hombre deba explicar una y otra vez que estos libros no están pero sí su recuerdo. Hay una expresión difícil de describir en este rostro de ojos cansados porque debe usar, en estos casos, un tono neutro, no puede exagerar el tono: no puede indignarse o lamentar la pérdida porque quizás las mismas bombas que destruyeron el único ejemplar del libro La Plata de Santiago Arcos pertenecieron a las fuerzas aliadas que derrotaron a Hitler y tampoco puede usar un tono de indiferencia precisamente porque esas mismas bombas produjeron otras pérdidas más importantes en las vidas de los alemanes que el libro que yo busco.

La segunda sensación es tan fuerte como la primera: Santiago Arcos -el corresponsal de Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles, el compañero de viaje de Sarmiento desde Estados Unidos a Chile- es un autor en fuga, un personaje cuya obra es tan errática como su autor. Ni siquiera sé en ese momento si el libro existe en alguna otra biblioteca aunque ya había fracasado al buscarlo en dos de Buenos Aires. Y esa es mi segunda gran pérdida: ninguna otra búsqueda de libros me produjo tanta ilusión como esta ni tanta decepción.

El hecho de que hubiera desaparecido ese libro y no otro me produce un estremecimiento que, asociado al temblor de la respuesta del bibliotecario, me deja en una posición difícil de sostener mientras busco apoyo en una escalera que finalmente también se desplaza hasta dejarme bamboleante y confundida. Salgo a la calle y me siento en los escalones del Instituto. Sólo ha pasado una semana desde que llegué a la ciudad, envuelta en llanto por otra gran pérdida. Creo que no tendré de mi estadía en Berlín, que durará dos meses, otra historia tan conmovedora como esta.tapa


En el borde del año

El invisible, protagonista absoluto del relato, debe producir una acción antes del 31 de diciembre : ese límite temporal del año occidental que no coincide con el año nuevo chino es un límite para la vida que ha llevado hasta ahora y el ahora es lo más importante en la novela, más importante que el pasado que se desdibuja como el barrio en que nació y que el futuro que no acierta a imaginar más que en término de días y de horas. Y en ese presente el lector sigue una historia hecha de vacíos, de fracasos, de sueños ajenos, de violencia asordinada pero, sobre todo, llena de música. La música – Beethoven o Brahms y su segunda sinfonía para piano- y también los mecanismos para sublimar su escucha son el  desencadenante de la historia,  su acompañante,  su razón de ser.

El autor es Ge Fei, la traducción de Miguel Angel Patrecca , lo publicó Adriana Hidalgo y lo encontré en lo de Pablo Pazos y el título es… El invisible.