2×1

Me llamó la atención un tipo parado junto a un árbol leyendo un libro con una luz escasa, mala para la lectura porque provenía de un farol rojo de un hotel de alojamiento y entonces pensé, mejor dicho, quise saber con mucha urgencia cuántas horas de mi vida transcurrieron en esquinas o paradas de colectivos urbanos pero sobre todo suburbanos. Quise saber esa suma con toda exactitud. Hice una cuenta rápida: dos horas por semana, ocho por mes, noventa y seis por año, multiplicado por veinticinco –que es una cifra impar y clave para mí- y el resultado fueron dos mil cuatrocientas. Me abrumó pensar en esas horas casi vacías porque sólo la espera, la inseguridad y la impaciencia las habitaban. Pero no siempre las esperas estuvieron vacías. Durante ocho largos años viví cada día amenazada de muerte. La amenaza no incluía mi nombre falso pero aun así yo sabía al acostarme que esa podía ser la última noche y, al levantarme, que ese podría ser el último día. (Es difícil explicar cómo atravesábamos las horas escindidos en quehaceres cotidianos paralelos destinados a fines tan diversos. Circulábamos por la ciudad y sus aledaños como si estuviéramos bajo libertad vigilada: podíamos caminar, tomar un tren, un colectivo, un subte, y hasta quizás muy pocas veces, un taxi. Podíamos pasar controles sin que nos detuvieran aunque la respiración se agitara y hubiera que disimular esa agitación. Podíamos llegar a los lugares donde teníamos muchas cosas por hacer aunque a veces sólo hiciéramos una o ninguna. Podíamos regresar, acariciarnos, probarnos ropa nueva, enseñar, estudiar, ir al cine, aunque no a cualquier hora. No podíamos quedarnos con los chicos en las plazas mucho tiempo aunque ellos protestaran). Tenía un nombre diferente para cada parte de la jornada: uno para la mañana y otro para las tardes y las noches; el nombre cambiaba, sin transición, sin previo aviso, al entrar a una casa o al viajar junto a un hombre o una mujer cuyo nombre verdadero no conocía ni conocería nunca. Al salir de la calle o al bajar del tren, respiraba profundamente y retomaba mi nombre verdadero. Todavía ahora, después de tantos años de no usarlo, alguien puede volver a llamarme de ese modo, en una esquina de esta misma ciudad. Es como si no pudiera despegarme de ese nombre. Es como si la amenaza estuviera viva.


Tipping

Vi, desde la ventanilla de  un taxi, un cartelito pintado a mano, agitándose sobre el pescante de un mateo en Central Park. El cartel afirmaba con ironía y cierta dosis de esperanza: “Tipping is not a town in China”. Vi una familia entera de rasgos orientales patinando por las calles en las horas pico: parecían felices, desafiantes. Vi también una luna increíble entre los edificios de la Segunda Avenida. Caminé por China Town sin parar, durante horas, sumergida entre la gente, con los ojos llenos de colores y dibujos de letras. Compré llaveros, caramelos y una cajita de té de una belleza obsesiva. Me detuve frente a un bar pero no me animé a entrar. Vi todo lo que se me ponía en el camino como si pudiera guardarlo en algún lado.  Volví al departamento en un coche conducido por un taxista chino. Tenía la piel manchada y cuando el tránsito se detenía, miraba de reojo una revista con mujeres desnudas que llevaba semi abierta en el asiento de adelante, junto al suyo. Eran mujeres chinas. Era 1993, no había celulares para charlar mientras se manejaba. Era verano y la vida nueva apenas comenzaba.


Traducciones II

Un temblor al filo de la visión

“Siempre he deseado ser parte de lo abierto, estar allá al borde de las cosas, dejar que la impureza humana se enjuague hasta el vacío y el silencio como el zorro disuelve su olor en el agua fría y ultramundana; volver a la ciudad como un extranjero. Vagabundear nos sonrosa de una gloria que con el arribo se desvanece.

Llegué tarde al amor por las aves. Por años solo las vi como un temblor al filo de la visión. Las aves conocen el sufrimiento y la dicha en estados simples imposibles para nosotros. La vida se les activa y calienta a un pulso que nuestros corazones no alcanzan nunca. Corren hacia el olvido. Envejecen cuando nosotros no hemos terminado de crecer”.

Así, en una primera persona decidida pero esquiva, como su propia búsqueda, se instala el narrador de El peregrino, uno de los libros más bellos y extraños que he leído. El narrador es el personaje detrás del cual el autor, J.A. Baker, se nombra (se muestra y se esconde) en su búsqueda del peregrino, un halcón que persigue como observador durante diez inviernos en una zona de granjas del condado de Essex que no tiene nada de particular salvo parecerse a otras zonas de granjas de Inglaterra: “las granjas son ordenadas, prósperas pero aún pervive una fragancia de descuido como un fantasma de hierba caída. Siempre hay una sensación de pérdida, de haber sido olvidado. Aquí no hay nada más; ni castillos, ni monumentos antiguos, ni colinas como nubes verdes. Es apenas una curva de tierra, una crudeza de campos de invierno. Tierras tenues, chatas, desoladas, que cauterizan cualquier pena”

Allí Baker no sólo persiguió a pie o en bicicleta al peregrino para verlo atrapar su presa una y otra vez en un tiempo sólo tensado por fugaces encuentros y desencuentros sino que luego realizó la proeza de poner en palabras esta relación de a tres: Baker busca al peregrino que a su vez busca a su presa y descubre no sólo el vuelo fulgurante del ave, el temblor de sus colores en las mañanas y la oscura densidad de su sombra por las tardes sino también y sobre todo, la crueldad del momento de matar y el temor de sus víctimas, su aleteo final. Pero quizás lo más apasionante del tempo de la narración es leer/ver cómo el hombre se va mimetizando con el ave que observa: “Me encontré agachado sobre la víctima como un halcón desplegando las alas para proteger la presa (…) como en un ritual primitivo, sin tener conciencia, estaba imitando los movimientos de un halcón. (…) Vivimos, en estos días a la intemperie, la misma vida de miedo extático. Huimos de los hombres.” Muchas páginas e inviernos después el hombre encuentra una presa abandonada: una gaviota cazada muy pocas horas antes. “Todavía estaba húmeda y ensangrentada (…) lo que quedaba tenía un olor fresco y dulce, como un picadillo de ternera cruda y piña. Era un olor sabroso, para nada rancio o de pescado. Si hubiera tenido hambre yo me lo hubiera comido”.

Para lograr esta convivencia a distancia Baker se dejó ir detrás de su halcón durante diez inviernos (que luego condensó en uno solo) y reescribió cinco veces el libro hasta que sintió que sucedía algo que podía ser compartido con sus posibles lectores. Nunca antes había escrito un libro pero cuando éste se publicó en 1967 fue considerado “una obra maestra de la literatura de la naturaleza” según leo en la solapa de la edición castellana. Después de éste escribió uno más, The Hill of Summer, donde parece que lo que el narrador observa es el transcurrir del verano, año tras año. En El peregrino sólo hay aves y un solo hombre: los demás animales y los demás hombres desaparecen de la mirada hasta el punto de que lo único que importa es el embeleso del narrador al verlas acercarse, huir, esconderse, jugar, estirarse sobre la curva de la costa, perderse de la vista. Pero el centro de la mirada es el halcón descripto una y otra vez a veces en pleno vuelo: “El sol bronceaba ese espléndido halcón amarillo y marrón rastrojo y le arrancaba un dorado súbito de los pies cerrados. Tenía la cola desplegada y rígida, doce plumas castañas separadas por diez bandas de cielo”, a veces irrumpiendo de pronto en la penumbra, listo ya para matar: “Los campos húmedos exhalaban ese olor indefinible del otoño, un aroma agridulce de queso y cerveza, nostálgico, que impregnaba el aire denso. Oí una hoja desprenderse y ondular en caída hasta dar en la superficie brillosa del camino con un ruido leve y áspero. El peregrino descendió blandamente de un árbol seco como el tenue, pardo fantasma de un búho: había esperado en la penumbra, no descansando sino alerta a la caza”.

El éxtasis y la epifanía de cada encuentro de Baker con su presa es narrado con una belleza que produce felicidad, lo digo sin dudarlo. Pero no me olvido que el efecto de esta belleza en los lectores de lengua española tiene que ver también (o sobre todo) con que lo leemos en traducción de Marcelo Cohen quien, a su vez, tocó con sus dedos el texto de Baker como quien toca una partitura y se dejó poseer “no exactamente por el original sino por un lenguaje primordial en cuyo pneuma todos los idiomas serían uno como la música”. De ese y otros modos, todos iluminados, explica Marcelo Cohen en Música Prosaica, un libro que reúne cuatro ensayos suyos sobre el oficio de traductor que Cohen ejerce de modo tan sistemático como la escritura de ficción. De todos esos modos yo elijo para sentir la relación de Cohen con el texto de Baker este fragmento: “Los dedos quieren tocar. Tal vez quieran ayudarme a suspender la convivencia conmigo mismo, eximirme de mi en un lenguaje ajeno, ilusionarme con que toco a otra criatura”. En este caso, el resultado es una melodía visual perfecta.

*El peregrino, J.A. Baker, traducción de Marcelo Cohen, Buenos Aires, Sigilo, 2016.

*Música prosaica, Marcelo Cohen, Buenos Aires, Entropía, 2014.

peregrino

 


Traducciones I

Es una mañana fría para el otoño de Berlín. La lluvia golpea sobre el techo de vidrio de la sala de lectura del Instituto Iberoamericano. Espero, con paciencia, el momento de buscar los libros que he podido pedir, sorteando todos los obstáculos que el sistema pone en mi camino. Desde que llegué -hace una semana- cada día, cuando me acerco al mostrador, los bibliotecarios me devuelven mis fichas con anotaciones y exclamaciones cuyo significado exacto no comprendo. Están escritas a mano, en alemán, y siempre, finalmente, significan que he cometido algún error en la computadora, algún error al comienzo mismo del túnel invisible que debería ponerme en contacto con los libros.

Pero esa mañana de mayo del 2004, como un verdadero milagro alemán, todos los libros están allí. Todos menos uno. El bibliotecario lleva muchos años haciendo su trabajo y casi siempre le he visto la misma sonrisa profesional y amable con la que debe encarar situaciones complicadas con los investigadores que llegan de todas partes del mundo sin conocer la lengua germana. Pero esa mañana su sonrisa es diferente, es tenue, insegura y tiene un leve y embarazoso matiz de disculpa. Me señala la ficha, y la anotación que le han puesto en uno de sus bordes y susurra algo en inglés que tampoco llego a comprender. Con gesto de fastidio no muy bien disimulado pregunto qué es exactamente lo que hice mal en el pedido, cómo debo rehacer la ficha y me dispongo a anotar. El bibliotecario vuelve a sonreír con marcada molestia: dice con su inglés atildado que yo no he entendido lo que me dijo y le respondo en mi inglés desesperado que no, que no he entendido. Entonces vuelve a decirlo con una voz más audible pero no menos tensa: -el libro que usted busca ya no está en la biblioteca. Lo que en el depósito anotaron al borde de la ficha significa “se perdió en la guerra”.

La pérdida del libro que se perdió en la guerra es, para mí, doble: yo he perdido cierta inocencia de investigadora latinoamericana desprevenida; no estoy, no estaré nunca preparada para esta frase: en ninguna biblioteca del mundo que conozco me dieron por respuesta que la guerra hubiera sido la causa de la pérdida de un libro. Conservo sin embargo cierta calma que me lleva a preguntar por qué razón si el libro ya no está, la ficha, completa, con todos los datos, se conserva en los ficheros que se triplican en la biblioteca. El bibliotecario me contesta con la mirada entristecida que la ficha se conserva para que se conserve la memoria de la guerra, la ficha es en sí misma un pequeño resto del desastre. La ficha se conserva para reforzar la idea de la pérdida, la ficha señala el vacío dejado por la guerra.

Tengo al mismo tiempo dos sensaciones confusas: la primera es que no es justo que este hombre deba explicar una y otra vez que estos libros no están pero sí su recuerdo. Hay una expresión difícil de describir en este rostro de ojos cansados porque debe usar, en estos casos, un tono neutro, no puede exagerar el tono: no puede indignarse o lamentar la pérdida porque quizás las mismas bombas que destruyeron el único ejemplar del libro La Plata de Santiago Arcos pertenecieron a las fuerzas aliadas que derrotaron a Hitler y tampoco puede usar un tono de indiferencia precisamente porque esas mismas bombas produjeron otras pérdidas más importantes en las vidas de los alemanes que el libro que yo busco.

La segunda sensación es tan fuerte como la primera: Santiago Arcos -el corresponsal de Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles, el compañero de viaje de Sarmiento desde Estados Unidos a Chile- es un autor en fuga, un personaje cuya obra es tan errática como su autor. Ni siquiera sé en ese momento si el libro existe en alguna otra biblioteca aunque ya había fracasado al buscarlo en dos de Buenos Aires. Y esa es mi segunda gran pérdida: ninguna otra búsqueda de libros me produjo tanta ilusión como esta ni tanta decepción.

El hecho de que hubiera desaparecido ese libro y no otro me produce un estremecimiento que, asociado al temblor de la respuesta del bibliotecario, me deja en una posición difícil de sostener mientras busco apoyo en una escalera que finalmente también se desplaza hasta dejarme bamboleante y confundida. Salgo a la calle y me siento en los escalones del Instituto. Sólo ha pasado una semana desde que llegué a la ciudad, envuelta en llanto por otra gran pérdida. Creo que no tendré de mi estadía en Berlín, que durará dos meses, otra historia tan conmovedora como esta.tapa


En el borde del año

El invisible, protagonista absoluto del relato, debe producir una acción antes del 31 de diciembre : ese límite temporal del año occidental que no coincide con el año nuevo chino es un límite para la vida que ha llevado hasta ahora y el ahora es lo más importante en la novela, más importante que el pasado que se desdibuja como el barrio en que nació y que el futuro que no acierta a imaginar más que en término de días y de horas. Y en ese presente el lector sigue una historia hecha de vacíos, de fracasos, de sueños ajenos, de violencia asordinada pero, sobre todo, llena de música. La música – Beethoven o Brahms y su segunda sinfonía para piano- y también los mecanismos para sublimar su escucha son el  desencadenante de la historia,  su acompañante,  su razón de ser.

El autor es Ge Fei, la traducción de Miguel Angel Patrecca , lo publicó Adriana Hidalgo y lo encontré en lo de Pablo Pazos y el título es… El invisible.


Isleña

No tuve amigos ni amigas de verdad hasta el segundo año de la secundaria. En ese momento, milagrosamente, el aislamiento en el que había vivido hasta entonces y  que preocupaba a toda mi familia se convirtió, sin previo aviso, en una explosión de posibilidades conjuntas de riesgos, de secretos,  de aventuras, de miedos, de risas y de lágrimas con destinatarios de rostros y nombres propios.

Ese año comencé a sentirme parte de una barra, o más bien de “un grupo” como se decía entonces, de chicas y de chicos que circulaba en bicicletas (y después en motos) por la costanera, que paseaba ruidosamente por la calle Junín en los horarios centrales de los sábados y que terminaría, poco más tarde, bailando, también juntos, por calles y avenidas  en los primeros amagos de comparsas carnavaleras. (Pensándolo bien la comparsa fue mi primer club, mi primera pertenencia a una asociación lícita, mi primera gran experiencia colectiva con ritmo de batucada, mi primera identificación total con un mundo diferente: a comienzos de los sesenta creía ser una chica carioca así como poco  tiempo  después, presa fácil de los mimetismos, estuve convencida de ser una muchacha italiana, aunque esa ya es otra historia).

Pero antes, mucho antes de esta actividad frenética de la adolescencia en la ciudad y justamente durante el tiempo en que fui huraña y solitaria tuve, sin embargo, mi pequeño y silencioso círculo virtuoso en el trío que formaba con Pelo y Lati cada vez que llegábamos a la isla del Cerrito y que se disolvía, literalmente, cuando yo regresaba a Corrientes con mi familia. Desde la cuna (una cuna de mimbre que se transportaba fácilmente) hasta el comienzo de la escuela  secundaria viajé cada semana  con mis padres a la Isla del Cerrito, un lugar paradisíaco y misterioso ubicado en la confluencia de tres ríos. La isla tenía algunos pocos pobladores “nativos” pero fundamentalmente albergaba las instalaciones del Hospital Maximiliano Aberastury que funcionaba en un moderno complejo edilicio. Sin duda, la idea de un mundo autoabastecido subyacía a esta reproducción sobre el agua  de un falansterio fourierista intervenido por la medicina  que estaba destinado a aislar, a tratar y si la esperanza científica lo permitía,  a curar a los pacientes atacados por el mal de Hansen, a los enfermos de lepra.

En la casa de la Isla

En la casa de la Isla

Mi padre fue primero médico interno y luego director del hospital durante décadas y su vida y la de su familia-que iría creciendo en esos años- serian marcadas para siempre por la experiencia del viaje que se repetía cada semana con calor o con frío, con buen tiempo o con lluvia. Partíamos desde la ciudad de Corrientes en la picap que nos permitía viajar atrás a cielo y polvo abiertos durante casi dos horas por un camino de tierra en mal estado que nos dejaba en el Paso  y desde allí en bote o lancha descubierta hacia la isla que nos esperaba enfrente y  que encerraba tanta belleza y tanto dolor. Allí, en ese micromundo que nos convertía en otros ni bien trepábamos por la escalinata de tierra, la medicina enfrentaba un desafío extremo: encontrar el tratamiento adecuado y la posible cura (sulfas mediante) para una enfermedad milenaria signada por el estigma del pecado y el castigo de la deformidad.

El leprosario albergaba a la comunidad de médicos, enfermeros, policías, carteros, panaderos, cocineros, mozos, albañiles, jardineros, personal de limpieza que constituían la dotación de población “sana” de la isla y a los pacientes que ocupaban las salas de camas de hierro blanco –los que vivían internados- y los que vivían, solos o en parejas  en ranchos modestos rodeados de una pequeña huerta cuya producción servía para abastecer parcialmente su propio sustento. La parte “sana” se diferenciaba bruscamente de la parte “enferma” con una línea de pintura roja en tablones de madera atados a un alambrado  que anunciaba la prohibición de pasar a  lo que en la jerga de la isla se llamaba “la zona”, pero en ambos lados de la línea roja la exuberancia del monte -que no se dejaba dominar por marcas humanas- convertía el todo en un murmullo verde de hojas, de pajaros, de monos, de chicharras que acompasaba, junto con el rumor del rio y del viento, la vida entera del Cerrito.

Tengo dos  comorecuerdos  de ese entonces: el primero tiene que ver con ese murmullo permanente, que apenas cambiaba de intensidad por las noches, que sólo desaparecía cuando nos alejábamos por el río y que era  lo primero que me hacía sentir que estábamos llegando y que me acompañaba en las siestas interminables; el segundo era la enorme culpa que sentía por  ser sana, por  entrar y salir libremente de un lugar del que la mayoría de sus habitantes no podía hacerlo: lo único que la mitigaba en cierto modo  era la sensación de pertenecer al bando de las fuerzas del bien, ser la hija del hombre que podía ayudarlos a combatir  la enfermedad o, en cualquier caso, a vivir mejor.

Mi padre, alto y delgado, vestido siempre  con su delantal blanco era el héroe Indiscutible de esta historia y desde que pude entender su lugar central en el sistema social de la isla comencé a rogarle que me dejara acompañarlo en sus recorridos, que me dejara, en fin, atravesar la temible línea roja, cruzar el alambrado que separaba el bajo de la zona.

“Vamos a ver” decía mi padre y eso era todo lo que escucharía al respecto hasta el próximo momento en que me animaría a volver a pedírselo. Entre tanto, mientras iniciaba sin saberlo el duro aprendizaje de esperar algo deseado y también temido, me juntaba en la  galería espaciosa con Pelo y Lati, dos chicos  cuyas familias vivían en la isla desde siempre.

Pelo llegaba por el lado del sendero de la playita, y se lanzaba sobre  mis revistas de historietas.  Lati parecía  salir del interior  del monte   que crecía  hasta enfrente de la casa  y de inmediato me pedía que trajera a Chan. Chan era el mago, el mago que contesta que no era mi juego preferido pero que  cargaba invariablemente porque sabía que en el Cerrito tendría con quien jugarlo mientras que en Corrientes ni siquiera me molestaba en abrir a la caja que contenía el muñequito de aspecto dudoso (medio buda y medio nada) de cerámica oscura con una varita mágica que sostenía entre sus manos y colocaba en el lugar de la respuesta justa.

Llegando a la Isla (mi padre, con sombrero)

Llegando a la Isla (mi padre, con sombrero)

Mientras jugábamos a encontrar la respuesta justa de qué bandera correspondía a qué país  o mirábamos las revistas infantiles  hablábamos, como al pasar, de lo que realmente importaba: nos contábamos historias cuyos protagonistas casi siempre eran enfermos y pocas muy pocas veces, personas sanas. La isla era enorme (más de 12.000 hectáreas) pero los tres vivíamos en el pequeño mundo de los sanos y sólo conocíamos por los relatos de los mayores los enormes pabellones donde vivían los irrecuperables, el comedor donde almorzaban y cenaban y las galerías y patios por los que  deambulaban. De allí, de la región más oscura y tenebrosa de la isla salían las historias que nos contábamos. Los relatos surgían como quien no quiere la cosa: uno de los chicos decía “angá el gente de los brazos pelados parece que se convirtió en zorro” o “allá ité  parece que hubo fiesta de monstruos la otra noche” y lograba inmovilizarnos, disponernos para la escucha. Yo también aportaba lo mío porque en la casa siempre circulaban historias pero los cuentos y las anécdotas tenían más  que ver con bandidos o asesinos que recalaban en la isla casi siempre heridos y huyendo de la justicia (calculaban y calculaban bien que nadie los iría a buscar entre leprosos) y a los que los mi padre decidía curar con la condición de que pasaran a formar parte de una suerte de equipo para todo servicio que funcionaba como guardia de urgencia las veinticuatro horas.

Los chicos hablaban de sucesos y personajes que parecían remotos aunque sucedieran en el otro extremo de la isla; yo hablaba de personas conocidas que formaban parte de la rutina de la administración y de la casa del director (pacíficos albañiles, inofensivos carpinteros, porteros de confianza) pero cuyas historias tenían siempre, en el origen alguna desgracia, alguna muerte.  El trío se había vuelto conocido de casi todos los que trabajaban en el bajo y a  veces nos permitían subir al trencito de carga que recorría el hospital y en la parada de la panadería nos convidaban galletas recién salidas del horno y cuando con su lenta marcha se adentraba en la zona veíamos, muy de pasada, algunos rostros o cuerpos que se agitaban en saludos al paso del trencito y que nosotros hubiéramos preferido no haber visto nunca.

Yo disfrutaba tanto de las siestas y tardes en la isla, vestida con delantales de colores oscuros hechos especialmente por mi abuela para que me embarrara tranquila,  que mi madre ante cada una de mis pequeñas rebeldías cotidianas utilizaba siempre la misma amenaza: “vos no vas más al Cerrito si seguís así”.

Estaba ligada a esa casa, a esos sonidos, a esos misterios, a esos encuentros con los chicos de un modo especial: allí no necesitaba demostrar que era normal porque nada de lo que me rodeaba era en realidad normal. Allí podía prescindir de las botas ortopédicas, saltearme las meriendas, abandonar los ejercicios para corregir los ojos desviados, olvidarme de la pesadilla de las clases de declamación y probar a usar más y más palabras de esa otra lengua que yo no sabía que se llamaba guaraní. Cuando volvía a la ciudad siempre estaba triste y mi único consuelo era saber que nuestro viaje de ida y vuelta al leprosario despertaba el horror pero también la envidia de los chicos del barrio que jamás de los jamases vivirían esa aventura. No podía imaginar entonces  que algún día dejaría de sentir ese entusiasmo, que ya no me interesaría ese viaje y que mis hermanos (diez años más chicos) se convertirían en protagonistas del mundo del Cerrito. Casi hacia el final de mi propio ciclo hice, de la mano de mi padre, una visita a uno de los  pabellones de mujeres y me quedé un rato conversando con Ramona, una chica muy joven que tenía en su cama una muñeca pelada. Yo había llevado caramelos para convidar pero no me animé a repartirlos: abandoné la bolsita detrás de una puerta, los caramelos subrayaban mi vergüenza de ser sana y los dejé caer como para alivianarme de esa carga.

No sé exactamente cuándo dejé de ir pero si sé que me costó mucho volver a visitar el Cerrito convertido ahora en un lugar turístico, sin enfermos de lepra ni el micromundo del sanatorio insuflándole un ritmo de vida singular. Después de algunos intentos fracasados en los que emprendí la vuelta a mitad de camino, regresé hace dos años invitada por Marcel Czombos, un documentalista excelente, que filmaba los lugares y personajes que Rodolfo Walsh había narrado en sus crónicas del nordeste. La casa que había sido la nuestra estaba intacta (la recorrí sin vacilar, de memoria, como si hubiera vivido allí hasta hacia poco) pero del hospital sólo quedaban vestigios aislados. No hay adjetivo que pueda describir o insinuar lo que sentí en ese encuentro con los lugares de esa parte de mi infancia.  No creo que se vuelva a repetir. Me basta con seguir soñando, de vez en cuando, sueños que fingen suceder en islas.


Rojos al por mayor

Juan Moreira es un gaucho hecho de palabras. No hay más remedio, es un producto del folletín. Y el folletín trabaja todos los detalles: las versiones minuciosas de una biografía que incluye humillaciones y traiciones, cambiantes adhesiones políticas, momentos de pasaje en que Moreira se convierte “en justicia”. El folletín sigue meticulosamente el proceso que transforma al gaucho malo en un bello sargento y no se detiene ni ante lo que denomina la segunda naturaleza del gaucho: la descubre vengativa, luctuosa, alcohólica y la exhibe sin tapujos. Moreira existe a fuerza de palabras.
Antonio Gil es un gaucho casi sin historia o, más bien, habría que decir que su historia es parca, le huye al relato, se hace difusa. Cabecilla de una banda de alzados en los montes del Paiubre, asalta caminos, cuatrerea en las estancias, reparte entre los pobres lo que roba a los ricos. Su vida, como vemos, se construye con todos los lugares comunes de las historias de bandidos del siglo XIX. Casi no le pertenece, porque puede aplicarse a otros y quizás en eso resida su eficacia. No hay mucho más, sólo retazos: su bandería federal, el nombre de una mujer que deja cada noche un caballo fresco por si el gaucho lo necesita, aunque nunca lo haya visto. No hay fotos, no hay memoria de su cuerpo, salvo una excepción: su mirada que, como la de Moreira y la de Facundo, hipnotiza, paraliza a sus enemigos.

Pura mirada, pura leyenda, puro milagro, Antonio Gil no es tanto por lo que hizo en vida como por lo que hizo después de muerto Para sus seguidores, lo que importa, lo que se relata, es la cadena de milagros que se inicia muchos años después de su muerte. Lo que importa es su tumba, el lugar de su muerte. El comienzo de un ciclo: la repetición de la narración del milagro; la reiteración en otros tiempos y en otras voces dan sentido a su muerte. Antonio Gil es un gaucho milagrero.

La promesa o la manda obliga a llevarle lo que se prometió. Pero también instala un intercambio azaroso: cualquiera puede servirse de las ofrendas, usar el dinero o los objetos que otros han dejado, siempre que los devuelva alguna vez.

Tributo. Santuario Gauchito Gil

Entre las cosas entregadas relucen los machetes, cuchillos y revólveres puestos a resguardo prolijamente en cuadros con vidrio, colgados a gran altura, fuera del alcance de la mano. Hay que disuadir al creyente; hay que suspender en este caso especial la vigencia de la tradición. La tradición dice que uno puede servirse de lo que otros dejan —dinero, ropa, comida— y las armas no deberían estar exceptuadas del servicio. Debería ser lícito que las armas de los gauchos circularan, aligeradas por ese tiempo de permanencia en la Cruz Gil, adecentadas por la exhibición, pero armas al fin. Entonces, el lugar del Gaucho sería la sede de un tráfico de armas legalizado por la fe, un tráfico modesto, pero ágil, que podría llevar una lámina acerada con puñal de hueso del Paiubre hasta las tierras de Río Grande do Sul o hasta o la Patagonia, para que volviera, después de haber actuado, a calentarse en la tierra de Mercedes.

LA VIOLENCIA DEL AZAR – Fondo de Cultura Económica, 2003 (Fragmento).